En otro tiempo, lo siguiente, hubiera carecido de sentido aún a pesar de
llevar toda la razón del mundo. A día de hoy, lo que el profesor le decía
al protagonista de El guardián entre el centeno, adquiere para mí todo
el significado del mundo.
Fue lo único que me gustó del libro.—Francamente, no sé qué decirte, Holden.
—Lo sé. Es muy difícil hablar conmigo. Me doy
cuenta.
—Me da la sensación de que avanzas hacia un
fin terrible. Pero, sinceramente, no sé qué clase de... ¿Me escuchas?
—Sí.
Se le notaba que estaba tratando de
concentrarse.
—Puede que a los treinta años te encuentres
un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de
haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la
cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen «Ves a verla». O puede
que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo
sé. Pero entiendes adonde voy a parar, ¿verdad?
Volvió a concentrarse. Luego continuó—. Esta
caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en
que al que cae no se le permite llegar nunca al fondo. Sigue cayendo y cayendo
indefinidamente. Es la clase de caída que acecha a los hombres que en algún
momento de su vida han buscado en su entorno algo que éste no podía
proporcionarles, o al menos, así lo creyeron ellos. En todo caso dejaron de
buscar. De hecho, abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera. ¿Me
sigues?
—Sí, señor.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Se levantó y se sirvió
otra copa. Luego volvió a sentarse. Nos pasamos un buen rato en silencio.
—No quiero asustarte —continuó—, pero te
imagino con toda facilidad muriendo noblemente de un modo o de otro por una
causa totalmente inane. —Creo que un día
de estos —dijo—, averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que
aplicarte a ello inmediatamente. No podrás perder ni un solo minuto. Eso sería
un lujo que no podrás permitirte.
Asentí porque no me quitaba ojo de encima,
pero la verdad es que no le entendí muy bien lo que quería decir. Creo que
sabía vagamente a qué se refería, pero en aquel momento no acababa de
entenderlo. Estaba demasiado cansado.
—Y sé que esto no va a gustarte nada
—continuó—, pero en cuanto descubras qué es lo que quieres, lo primero que
tendrás que hacer será tomarte en serio el colegio. No te quedará otro remedio.
Te guste o no, lo cierto es que eres estudiante. Amas el conocimiento. Y creo
que una vez que hayas dejado atrás las clases de Expresión Oral y a todos esos
Vicens...
—Vinson —le dije. Se había equivocado de
nombre, pero no debí interrumpirle.
—Bueno, lo mismo da. Una vez que los dejes
atrás, comenzarás a acercarte —si ése es tu deseo y tu esperanza— a un tipo de
conocimiento muy querido de tu corazón. Entre otras cosas, verás que no eres la
primera persona a quien la conducta humana ha confundido, asustado, y hasta
asqueado. Te alegrará y te animará saber que no estás solo en ese sentido. Son
muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que
tú. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de
ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día
de ti si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no
tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía.
Se detuvo y dio un largo sorbo a su bebida.
Luego volvió a la carga. ¡Jo! ¡Se había disparado! No traté de pararle ni nada.
—Con esto no quiero
decir que sólo los hombres cultivados puedan hacer una contribución
significativa a la historia de la humanidad. No es así. Lo que sí afirmo, es
que si esos hombres cultos tienen además genio creador, lo que desgraciadamente
se da en muy pocos casos, dejan una huella mucho más profunda que los que
poseen simplemente un talento innato. Tienden a expresarse con mayor claridad y
a llevar su línea de pensamiento hasta las últimas consecuencias. Y lo que es
más importante, el noventa por ciento de las veces tienen mayor humildad que el
hombre no cultivado. ¿Me entiendes lo que quiero decir?
La educación académica te proporcionará algo
más. Si la sigues con constancia, al cabo de un tiempo comenzará a darte una
idea de la medida de tu inteligencia. De qué puede abarcar y qué no puede
abarcar. Poco a poco comenzarás a discernir qué tipo de pensamiento halla
cabida más cómodamente en tu mente. Y con ello ahorrarás tiempo porque ya no
tratarás de adoptar ideas que no te van, o que no se avienen a tu inteligencia.
Sabrás cuáles son exactamente tus medidas intelectuales y vestirás a tu mente
de acuerdo con ellas.